De la primera vez ni siquiera me acuerdo.
Supongo que un cura vertió agua sobre mi cabeza en tanto estaba indefenso en brazos de mi padrino. Como dije antes, no me acuerdo y para mi no debió tener mayor importancia que la importuna e inexplicable mojadura.
Eso no lo hace menos abusivo. Ni hace menos abusiva a otras muestras de imposición religiosa a un lactante aún más graves, como la circuncisión sin ir más lejos.
El bautismo no deja huellas en el bebé como sí lo hace el corte del prepucio al que se suma según ciertas tradiciones, la succión de la sangre por parte del rabino con el consiguiente riesgo de infecciones.
Ese primer abuso del bautismo en otros países menos civilizados donde la Iglesia y el Estado forman matrimonios indisolubles y más o menos bien avenidos, me hubiera convertido en un motivo individual más para que la Santa Iglesia recibiera prebendas económicas. No así aquí donde el divorcio entre Iglesia y Estado se produjo a principios del siglo XX.
Los siguientes abusos se perpetraron con alguna interrupción desde el comienzo de mi educación primaria hasta que el sistema escolar me evacuó finalmente justo en la mitad de la década del setenta. Y salí tan bien digerido que durante más de treinta y cinco años no se me ocurrió cuestionar la educación religiosa ni el pecado ni el hecho de dios.