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lunes, 11 de noviembre de 2013

La indebida impunidad de las creencias religiosas, parte 3 (Religión en la escuela)

Cuando niño abusaron de mí.

De la primera vez ni siquiera me acuerdo.

Supongo que un cura vertió agua sobre mi cabeza en tanto estaba indefenso en brazos de mi padrino.  Como dije antes, no me acuerdo y para mi no debió tener mayor importancia que la importuna e inexplicable mojadura. 
Eso no lo hace menos abusivo. Ni hace menos abusiva a otras muestras de imposición religiosa a un lactante aún más graves, como la circuncisión sin ir más lejos.
El bautismo no deja huellas en el bebé como sí lo hace el corte del prepucio al que se suma según ciertas tradiciones, la succión de la sangre por parte del rabino con el consiguiente riesgo de infecciones.
Ese primer abuso del bautismo en otros países menos civilizados donde la Iglesia y el Estado forman matrimonios indisolubles y más o menos bien avenidos, me hubiera convertido en un motivo individual más para que la Santa Iglesia recibiera prebendas económicas.  No así aquí donde el divorcio entre Iglesia y Estado se produjo a principios del siglo XX.
Los siguientes abusos se perpetraron con alguna interrupción desde el comienzo de mi educación primaria hasta que el sistema escolar me evacuó finalmente justo en la mitad de la década del setenta.   Y salí tan bien digerido que durante más de treinta y cinco años  no se me ocurrió cuestionar la educación religiosa ni el pecado ni el hecho de dios.

Dios, dios.
Hasta hoy me cuesta un poco escribirlo con minúsculas. Vengo escribiendo fluidamente y cuando llego a la palabra “Di”.. digo “dios” generalmente tengo que retroceder una o dos casillas para borrar la mayúscula y sustituirla por la minúscula correspondiente.  ¿Tan así? Se preguntarán aquellos a los que no se les incrustó semejante idea en la cabeza desde la más tierna infancia. Tan así, les respondo.
Estuve 3 años en escuelas católicas y uno más en un colegio adventista. 
Y la experiencia no deja de ser curiosa y digna de contar. Para cuando ingresé pupilo a la escuela adventista ya venía bautizado, catequizado y comulgado según el Rito Romano.  Día tras día en los tres años anteriores había rezado el Padre Nuestro al comienzo de la clase por la mañana en castellano, con el almuerzo respirando los vapores de la sopa y por la tarde en inglés antes de penetrar en el mundo de Sam, Tom, Betty, Top y Anabella.  The V8 World.  (Mi señora y demás veteranos seguro esbozarán una sonrisa al recordar aquello).
En ningún momento a mi madre se le pasó por la cabeza que todo aquello constituía una forma de abuso infantil.  Que me imponían creer lo que ellos creían aunque mi mente no estaba ni con el mayor esfuerzo de la imaginación, lista para procesar la información recibida. 
Es por eso que el Infierno era para mí un lugar real donde la gente se quemaba mal y donde no había redención ni días libres.
Entre los adventistas fue mucho peor. Esa gente es fanática mismo y retrospectivamente considerándolo, comparado con el más humilde feligrés del Séptimo Día, el mismo Papa Francisco es un  monaguillo cargado de dudas.  Estos tipos estaban pletórics  de certezas y deseosos hasta el delirio de compartirlas contigo.
Entonces sí la religión se tornó en algo serio. El creacionismo era defendido con películas y conferencias de asistencia obligatoria donde te mostraban una tras otra, las mentiras de Darwin. Lo discutíamos en el patio de la escuela en lugar de hablar yo que sé...  de fútbol.
Importaba poco si tenías ocho años, sueño, ganas de mear y desesperación por salir al parque a cazar bichitos de luz. El pastor nos adoctrinaba a todos con perseverancia feroz. Con convicción sobrehumana.  Ninguno de aquellos niños tenía ni por asomo las herramientas científicas o intelectuales para resistir el discurso y menos aún, la película, en una época en que lo que venía en películas tenía visos de seriedad garantizada.
Ocasionalmente el tema de la conferencia consistía en la “Segunda Venida” así con mayúsculas.
La contradicción en el discurso era flagrante y rompía los ojos de cualquiera que fuera algo mayor o no estuviera adoctrinado. En tanto se dedicaban a desear, anunciar y orar por el retorno del Kerido Lider, temblaban de pánico ante la mera posibilidad. No te mostraban lo maravilloso del mundo rencontrado con Jesucristo sino lo terrible de las instancias previas. Canillas de las que manaba abundante sangre (aún hoy, en tanto navego en las aguas de la adultez, no puedo ver que salga agua con barro u óxido de una canilla sin que me martilleé el corazón y me invada un segundo de pánico); el sol que se ponía negro, la luna roja como la sangre, terremotos y cadáveres caminando como en un Apocalipsis Zombie. Y todo eso era obligatorio mirarlo y después como estábamos pupilos, no podíamos dormir con mamá y papá. Había que  enfrentar el universo de la cucheta con las imágenes apocalípticas aun colgándote de las pestañas  y si dormías en la cama de abajo era peor.
Abajo quedaba el Infierno y la cama de abajo quedaba más cerca.
También te gustara o no, por supuesto sin preguntarte, te sacaban en caminatas cantantes por el pueblo cercano, al que te llevaban en ómnibus, claro y te hacían desfilar como un pelotudo cuadras y cuadras cantando lo maravilloso que era  Jesús. Y a uno no se le pasaba por la cabeza la flagrante contradicción del que el “Jesús Maravilloso” al que le cantabas hoy que era tu  amigo, ayer había hecho mierda el planeta entero  en una película en la que salía de las canillas lo que aparentaba ser pedazos sangrantes de seres humanos y en la que todos los que trabajaran en sábado iban a irse irremediablemente al Infierno por toda la eternidad nada más que por haber elegido la religión equivocada. Si eras católico, estabas en el horno.  No había salvación para los idólatras de Roma.  Eso me entró a preocupar sobremanera. Mi intención era ponerme a salvo cuanto antes.
En mi casa no se preocupaban mucho por mis vicisitudes espirituales. Mis narraciones las tomaban como si la cosa más natural del mundo fuera afirmar que todo el que dijera que el mundo tenía más de seis mil años se iba a ir al Infierno con Darwin, Hitler y todos los Papas.
Además de todo lo narrado, obviamente había que orar, había que ir a la Escuela Sabática y  poner especial énfasis en trabajar mucho los domingos.  Había que alimentarse con una dieta vegetariana, comer Avenola, Granola y milanesas de gluten.  Todo eso sin que tus padres fueran mayormente informados ni ofrecieran  otro consentimiento que el pagar mensualmente la cuota correspondiente. 
La religión tiene esas cosas.
Hace que los padres de uno piensen que dejan a su hijo en buenas manos y que nada malo pueden aprender porque la religión, sea cual sea en tanto cristiana (al menos en el caso nuestro) es intrínsecamente buena.  Te pueden estar enseñando a odiar a los gays, que la Tierra es plana o haciéndote comer hormigas fritas. Un religioso no puede estar equivocado.
Recién cuando me quise hacer adventista y bautizarme en esa fe para ponerme a salvo de la segura condena que caía sobre mí en mi condición de bautizado y comulgado por la Meretriz de Roma, a mi vieja se le ocurrió que alguna cosa no funcionaba como es debido.  Los adventistas bautizan a la gente crecidita, rechazan el bautismo por aspersión en infantes que no puedan ser adoctrinados debidamente en forma previa.   Uno tiene que decir “Sí, acepto” como cuando se casa. Y también en forma previa requieren en el caso de los niños, el consentimiento de los padres. Consentimiento que a mi me negaron con el argumento un tanto liviano de que “no iba a traicionar la religión de mis padres”.  Ante la amenaza de la apostasía a mi vieja le entró una preocupación religiosa que nunca había manifestado anteriormente.  En verdad os digo que no había ido siquiera a mi Comunión ni me había aligerado alguna vez de los innumerables dilemas que la religión me acarreaba.
No era un argumento muy concluyente para oponerlo a meses y meses de adoctrinamiento continuo. Me agarré terrible calentura.
Y peor aún, permanecí en el mismo colegio unos cuantos meses después de los bautismos. Y sufrí ciertamente, episodios de discriminación por no haber sido bautizado. Nada grave. Algún comentario por ahí y poca cosa más.
Pero cuando te adoctrinaron sistemáticamente y tenés que bancarte comentarios de tus compañeros de escuela o en el comedor o en los baños sobre el hecho puntual de que oficialmente no hayas entregado tu corazón a Cristo y lo hayas aceptado como tu Salvador Personal,  un botija de once años se lo toma ciertamente a pecho.

Con mis propios hijos, sólo repetí el primer error. Bautizarlos, claro que en la fe Católica y apostólica a la que había vuelto más o menos a las patadas en adolescencia. Todavía no había despertado y me persiste el reproche.
 Me casé por Iglesia, hice los cursos para ello con nuevas películas, esta vez con muestras de lo más gráficas de fetos despedazados naturalmente en su salsa sangrienta. Si hay algo que a la religión le cuesta empila, descubrí entonces con cierto asombro, es publicitar sin sangre.
Nos adoctrinaron también sobre los peligros del preservativo y la píldora anticonceptiva. Claro, tenían derecho. Nosotros mismos nos habíamos ido a meter ahí.  Nos pareció natural ese adoctrinamiento. No se nos ocurrió pensar con mi esposa, sobre de dónde saldrían los conocimientos de un sujeto supuestamente célibe en lo referente a la sexualidad de la pareja. También nos dio un buen consejo que hasta ahora recordamos y practicamos: “Cuando las cosas parezcan ir mal entre ustedes, salgan de su casa, aléjense de todo y váyanse a tomar un café por ahí para conversar tranquilos”.  Ese consejo después de casi treinta años sigue siendo funcional.
Recién a los cuarenta y pico me declaré agnóstico. Recién entonces encontré los tiempos intelectuales para poder comenzar a desintoxicarme de tantos años de adoctrinamiento feroz.
Pero aún en mi agnosticismo, no llegaba a ver lo terrible del hecho de dar educación religiosa a un niño.  Para ello debieron pasar unos cuantos años más.
Ateo declarado y convencido, ahora veo la crueldad inherente a brindar a un niño educación religiosa.
Crueldad sicológica cuando te hablan del Infierno y culpabilizan los deseos sexuales.
Crueldad física cuando  te aburrías inmensamente en tanto te hablaban de Moisés y la Zarza Ardiente.
Y la peor de todas: la crueldad intelectual.
Porque para concebir que tres personas sean una sola persona pero que no son la misma sin y que ninguna precede a la otra pero una es padre y otra es hijo y otra no se sabe muy bien si paloma o aire que enseña idiomas, hay que torcer el intelecto del niño a límites realmente peligrosos.  Los religiosos no se dan cuenta como no me daba cuenta yo en su momento.
Cuando te enseñan las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, te enseñan que es virtud creer sin pruebas en lo que una autoridad te ponga por delante.
Te enseñan a esperar orando y no a lograr haciendo.
Y te enseñan que vale más la limosna que la justicia.
Y te confunden. Su pacatería  hipócrita te hunde en un mar de desconcierto. Apelan a todo tipo de eufemismos autorizados por la Congregación para la Doctrina de la Fe, para explicarte que garchar es pecado a menos que sea dentro del matrimonio,  lo hacen de forma tal que no sabés de que carajo te están hablando.  Para cuando descubrís al fin de qué te estaban hablando en referencia al mandamiento ese tan oscuro, el sexo comienza a parecerte ominoso y un poco siniestro.
Te enseñan a creer que las leyes de la naturaleza no son inviolables sino que la voluntad divina las puede cambiar por intermedio de sujetos elegidos que no se corrompen en sus ataúdes tras la muerte, que pueden devolver la vista a un ciego o hacer correr cien metros llanos a un paralítico o calmar las aguas tempestuosas de los mares por su propia voluntad.  Esa enseñanza trae como consecuencia una total desconfianza en las leyes naturales y convierte al universo en un lugar menos confiable, menos predecible.  Fomenta el pensamiento mágico y produce en consecuencia que parezcan posibles las estupideces que nos muestra un día si y otro también el History Channel o el Discovery. Te hace dudar de la ciencia, produce que las pruebas parezcan irrelevantes si una autoridad dice que lo son aunque estás pruebas estén ante tus ojos.

Te enseñan que sólo la fe te va a poner a salvo del Infierno cuando no tenés edad para comprender que si no tenés fe no es culpa tuya, naciste así incrédulo, escéptico y eso no puede cambiarse por más que el cura o el pastor te adoctrinen. Podrás aprenderte la doctrina de memoria, pero no la fe. Entones te sentís incompleto, culpable.  Tus guías espirituales por todo concejo te piden que redobles el esfuerzo y vos lo redoblás como te salga mortificándote al santo pedo en algo que no está en la naturaleza ni en la voluntad cambiar.
Te enseñan literalmente a creer en la levitación, los exorcismos, los gigantes, la magia, y la Inmaculada Concepción  de la que no tenés mucha idea porque a su vez te niegan toda referencia a las relaciones sexuales y cuando te dicen “no conoció varón”  terminás pensando que era una familia de lo más rara porque varones y nenas hay por todas partes, en la escuela, en la vereda, en el almacén.

Toda esa distorsión de la realidad compuesta de magia explícita e implícito ocultamiento, termina por dejar al niño confuso ante el mundo y con las herramientas intelectuales melladas o menguadas a la hora de analizar la realidad. Si no salís derecho para el manicomio es porque la distorsión sistemática es de tal magnitud que convierte el mundo en un lugar donde todo puede convivir.   La voluntad de un tipo abre el mar en dos, tres pueden ser uno pero cada uno distinto y una galletita se convierte en la presencia viva de la divinidad. Eso sí, te la tenés que tragar en ayunas y confesado.
Y la confesión. Una cosa cruel y terrorífica. Te advierten que le cuentes todo al cura porque de todos modos Di.., digo dios ya lo sabe y lo que le ocultes al sacerdote te puede condenar al infierno.  Y vos que con nueve o diez años tas ahí y no sabés muy bien si contarle o no que te afanaste una revista de Batman en el quiosco cuando el quiosquero no miraba, o si haber visto a tu abuela en bombacha es pecado o no, te sentís mortificado. Es cosa seria la confesión te explicaron y te adoctrinaron. Durante meses te informaron  que este sacramento puede ser la diferencia entre ir al Cielo o al Infierno. Los guachos hacen cola delante tuyo y vos ahí pensando desesperadamente que pecados valdrá la pena confesar y en todo caso, cual de todas las cagadas que te mandaste la última semana es realmente pecado.  Y que haces con  esos pecados que no entendés bien como el de usar el nombre de dios en vano o el más raro de todos: “no consentirás pensamientos o deseos impuros” ¿y eso? Cuando le pregunté a la catequista que eran exactamente pensamientos impuros no me lo dijo y se evadió.  Claro, no me di cuenta de que se evadió. Simplemente percibí que seguía sin entender un carajo y a su vez, que había algo en la respuesta, que invitaba a no pedir mayores aclaraciones. Entonces ¿Había concebido pensamientos impuros o no? ¡Yo que sé! Recuerdo hasta hoy todo ese pánico.
Y la comunión es otro episodio que te hace temblar el culo. Si sos conciente, es decir, si aprendiste el catecismo como es debido,  se trata de un episodio único en tu vida que no podés tomarte a la ligera. Te enseñaron que Cristo está ahí en persona, no es una alegoría, no es una metáfora: es un milagro del que vas a ser testigo y partícipe. Y te enseñaron otro concepto terrible que sólo con miedo entra: el sacrilegio. Esa especie de conducta aberrante que te llevará expreso  a hacerle compañía a Paolo y Francesca y a Stalin en el Infierno. Sacrilegio es aproximarse a la comunión sin la debida fe y sin la debida actitud espiritual. Ta bien. Es fácil. Sólo que tengo nueve años y no estoy seguro de que si mi actitud espiritual es o no la debida. ¿y si me parte un rayo ni bien tenga la hostia en la boca? ¿Y si sin querer la mastico un poco? ¿y si cuando me confesé me olvidé de algún pecado? ¿y si me dan ganas ve vomitar y vomito a Nuestro Señor?  Estas preguntas y muchas otras me las hice en serio con una preocupación profunda que me avergonzaba compartir con alguien.
Palabra que cuando tomé la Primera Comunión y no me partió un rayo ni vomité, sentí un alivio inmenso. Eso es la religión para un niño: culpas incomprensibles y alivios repentinos.
Torturar así a un botija solo es posible cuando uno ya está envenenado por la religión y por ende semejante castigo le parece totalmente natural.

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