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martes, 19 de noviembre de 2013

No todo nuestro pasado indígena es charrúa. No todo lo charrúa es digno de admiración. Por Anabella Loy


Cuando hablamos de “identidad uruguaya” todos tenemos un conjunto, más o menos homogéneo, de claves que nos diferencian de otros países y de otros pueblos: el mate, el dulce de leche, el asado, las empanadas, las alpargatas, el tango, la nostalgia, el gaucho y el fútbol, entre otras.
Ahora bien, si analizamos los elementos citados, vamos a encontrar que los mismos son compartidos, en distinta medida, por otros pueblos de la región. Discutir el origen “autóctono” de muchos de ellos sería una pérdida de tiempo; el dulce de leche existe, con variantes, en casi todos los lugares donde hay productores de leche. Así, el manjar en Chile, la cajeta en México y las conocidas marcas nacionales, brasileñas o argentinas, dan cuenta del origen múltiple del azucarado producto.


La yerba mate tiene un indudable origen paraguayo aunque ahora se la explote y comercialice en otros países; el gaucho, con distintas denominaciones, es un tipo humano, cazador de ganado vacuno, que se conforma en una trilogía peculiar, pero no exclusivamente nuestra, del hombre con la tierra y el caballo antes del alambramiento de los campos.
El fútbol, ese deporte inglés, nos conecta con una “garra charrúa”, una feliz invención lingüística que vino a llenar un vacío identitario: los mexicanos expresaban su orgullo nacional autodenominándose aztecas, lo mismo sucedía con los peruanos que apelaban a sus ancestros incaicos. Pero el Uruguay de las primeras décadas del siglo XX desconocía, en buena medida, su pasado indígena y apeló al discurso escolar del charrúa levantisco, difícil de someter, que había peleado, efectivamente, contra el invasor hispano. Sugió, entonces, la mítica “garra” en junio de 1924 en Colombes, combinada con el asombro francés frente al excelente juego de nuestros indígenas, todos con apellidos italianos o españoles.
La identidad se construye en la confrontación con lo que no se es. No hay una identidad única: todos somos depositarios de pertenencias múltiples en lo que nos hace como individuos.
Existe también una identidad social, colectiva, que se va construyendo como un relato en el que se entremezclan la historia y la mitología.
El mito explica el presente a partir de hechos que tuvieron lugar en un pasado que puede ser histórico –Salsipuedes, la batalla de Carpintería, la escuela vareliana, el batllismo, Maracaná- o el tiempo de los orígenes, cuyo inicio no puede ser determinado porque es un punto imaginario. A menudo esos tiempos se entrecruzan.
En este contexto nos interesa pensar los motivos del surgimiento de, al menos, cuatro asociaciones de uruguayos que reivindican sus ancestros , no indígenas en general sino específicamente charrúas, sin que las investigaciones sobre nuestro pasado indígena respalden su especificidad identitaria, voluntarista sin duda.
Antes de reflexionar acerca de la actividad reivindicativa de dichos colectivos, conviene echar un poco de luz sobre la realidad antropológica de los pobladores originarios de nuestro territorio. Los primeros testimonios de los cronistas hablan de chanáes, guaraníes y charrúas en zonas costeras, y de guenoas o minuanos en el interior. En tanto los grupos étnicos eran diversos, cabe preguntar el motivo del sentimiento charruísta que un grupo creciente de uruguayos manifiesta en la actualidad.
Si la toponimia de la margen oriental del Uruguay es, básicamente, guaraní, ¿cuál es el motivo de que no existan –o no tengan visibilidad- las asociaciones de guaraníes uruguayos, o de descendientes de los mismos?
A comienzos del siglo XVIII se produjo una importante guerra entre grupos indígenas: uno de los bandos estaba integrado por guaraníes, jesuitas y guenoa-minuanos, en tanto el otro estaba compuesto por charrúas, apoyados por bohanes, según el Prof. Diego Bracco. En 1702 los charrúas y bohanes fueron atacados por sus enemigos, experimentando una masacre de la que poco se habla. La batalla del Yi debería figurar como el primer genocidio sufrido por los charrúas; sin embargo, ya sea por desconocimiento o por conveniencia, Salsipuedes aparece como el primer ejercicio de barbarie -y sin duda fue barbarie, pero no la primera- que da origen a una mitología constitutiva. Dicha mitología es la de aquellos que reivindican, con mayor o menor carga imaginativa, la continuidad con sus mártires. Una gran cantidad de guerreros, y también de mujeres, fue masacrada en esa siniestra –y mal conocida- circunstancia, muchos más que en la -sin duda terrible e injusta- encerrona del arroyo. Pero en el Yi los genocidas no eran, básicamente, conquistadores españoles sino indígenas de otros grupos, y no resulta conveniente, a la hora del orgullo, una derrota sangrienta a manos de pueblos no occidentales.
Los charrúas fueron un pueblo cazador, pescador y recolector y, por ende, nómade. Su lucha contra los conquistadores fue real, aunque también hubo indígenas reducidos o aliados de los españoles. Eso no les quita valor. Pero no todo el pasado indígena es charrúa ni todo lo charrúa es digno de admiración.
Los mitos son, a grandes rasgos, relatos de acontecimientos primordiales, historias sagradas, conocidas por los iniciados de la sociedad de la que se trate. Se los conoce por revelación y la relación con ellos es de fe. Constituyen modelos de conducta.
Con el auge de la mal llamada “diversidad cultural”  cualquier relato parece tener la misma validez, tanto el de la ciencia como el de la espiritualidad posmoderna. Las identidades étnicas se convierten, en cierto sentido, en elecciones individuales.
En el terreno de las decisiones personales, si alguien desee sentirse charrúa, algonquino, logósofo o reptiliano, puede hacerlo. Ahora bien, desde la antropología se entiende que las identidades étnicas son pertenencias de tipo cultural, religioso, lingüístico y tradicional. En sociedades donde los colectivos indígenas han mantenido su continuidad, la lucha por la supervivencia es real, se basa en aspectos concretos, y resulta justo su conjunto de reivindicaciones. En el territorio oriental y con el respeto –y el interés- que me merece el pasado indígena, me pregunto con qué cultura se sienten ligados los que se dicen charrúas. ¿Cuál es el conjunto de pautas culturales de las que se viven como continuadores? ¿Qué ritos y ceremonias practican? ¿Habitan en paravientos?  ¿Qué lengua hablan?  ¿Cazan y pescan? ¿Conocen los mitos de origen de su pueblo? ¿Practican el chamanismo? ¿Las viudas se cortan una falange cuando se muere un familiar? ¿Se mantiene el rol subordinado de la mujer –que en tiempos ya ecuestres cargaba en sus espaldas el paraviento y a algún hijo en sus brazos mientras el varón andaba a caballo-? ¿Existía alguna forma de “comunismo primitivo” en las costumbres de estas bandas nomádicas?¿Conocen el panteón de los dioses del grupo y lo respetan? ¿Qué música autóctona aprecian y practican aquellos que integran “orquestas” charrúas? ¿En qué se basan aquellos que hablan de las “catedrales” construidas por este colectivo –tarea que jamás emprendió ningún grupo nómade, aunque naturalmente poseían creencias trascendentes-?
Muchas más preguntas podrían ser formuladas. Pero quiero terminar solo con dos más, la primera: ¿en qué medida el sentimiento charruísta está basado en una realidad antropológica o es una invención de aquellos a quienes el latinoamericanismo les llegó un poco tarde?  La segunda: ¿cuánto de anti republicanismo implican las luchas por la diversidad cultural y cuánto de racismo al revés y de aprovechamiento de una circunstancia política en la que se conceden cuotas, en la asignación de empleos públicos, a casi cualquier minoría que las demande?

A.L.

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